via lattea

Volver. Y volver a acostumbrarse a madrugar. Y volver a recorrer mentalmente el día que te espera durante los 5 minutos que van desde el primer sonido del despertador a la zona de alarma roja en la que casi caes de nuevo dormido, antes de desprenderte por completo de la sábana. Examinar mentalmente con detalle y hasta interés fingido las rutinas que se repetirán, mecánicas, ajenas a nuestros designios y pronósticos. Ellas, ingenuo de ti, ya saben lo que hacer y tienen voluntad propia.

Resulta divertido y hasta enternecedor imaginar cómo sería ver estas cosas desde fuera, con una mirada imparcial y limpia, de espectador, y darse uno cuenta de lo pretencioso que puede llegar a resultar creer que tenemos control sobre nuestros actos futuros y sus consecuencias. Y sin embargo, tú, a las 6:50 a.m, te empeñas en creer que lo tienes: “hoy haré A con el objetivo de que resulte B, y si sale C será porque quizá no me he esmerado lo suficiente”. Pero tú harás A, en cualquier caso, convencido de que esa es tu decisión y de que tendrá probablemente alguna consecuencia lógica. Bah, algo estaremos haciendo mal cuando en pleno siglo XXI todavía tenemos que madrugar. Madrugar es una manera de darnos importancia, de creernos relevantes, de pensar que nuestra tarea es imprescindible y urgente…y total, si somos simples provincianos de la Osa Menor, que ya lo dijo Battiato, que madrugar pa ná…

El tiempo dedicado a estas disquisiciones bien podrías emplearlo en salir de la cama de un salto atlético, prepararte un desayuno potente para afrontar la jornada con garantías de que no te vas a desvanecer por cualquier nadería y hacer algún tipo de ejercicio desentumecedor, como bien nos enseñan los yanquis en sus películas. Pero no, decides día tras día que 5 minutos a esas horas y con el frío que hace, son un tesoro de incalculable valor en el que regodearse con algo que sin duda es pereza pero a lo que te empeñas en buscar sinónimos sucedáneos, para autoengañarte, cosa que consigues a menudo y con relativa facilidad.

Y que el primer pensamiento coherente después de todo esto sea la autopromesa de una siesta que luego nunca se materializa. Y menos mal que así es, porque la siesta atonta, claro.