repente

Voy a empezar sentenciando, como si supiera de lo que hablo: un buen blog requiere de una serie de características, a saber: disciplina, vanidad, tener conocimientos sobre algún tema en concreto y una pizca de originalidad.

Me da que de momento sólo reúno una de ellas (fácil de adivinar para los iniciados) y quizá no la más positiva de las cuatro, a priori. Pero bueno, suplo la carencia de las otras tres con una buena dosis de aburrimiento supino transitorio y una profunda y crónica vaguería para ponerme a hacer cualquier otra cosa, al menos en el preciso instante en que escribo estas vacuas líneas.

Así que, sí, acabo de sufrir un repentino ataque de ganas de escribir cualquier chorrada, cosa, supongo, de los manidos propósitos de nuevo año que, durmientes el resto del tiempo,  florecen ajenos a nuestra voluntad en estos días absurdos y surgen, fieles a su anual cita, de manera espontánea e incontrolable. También me podría haber dado un ataque de proponerme a mí mismo emparejar los calcetines, por ejemplo, pero como tampoco hago daño a nadie escribiendo chorradas, máxime teniendo en cuenta que no es sino un desahogo y que probablemente poca gente o nadie acabe leyéndolas, el asunto no tiene demasiada importancia. Además, emparejar calcetines requiere disciplina, cosa que no es mi fuerte, precisamente. Ups, acabo de desvelar una de las tres características iniciales que no poseo. Menuda sorpresa, eh?

Respecto a saber o no sobre el tema del que se habla, tampoco es ésta una cuestión baladí. Tener ganas de escribir y no saber sobre qué provoca cierta angustia que intento mitigar pulsando teclas y llenando píxeles de manera compulsiva. Pasa como cuando intentas componer algo durante meses y no sabes atacar al folio en blanco, el típico miedo del que se habla. Y es que no es fácil: mal va a ser uno crítico musical o literario si hace sus pinitos en esos campos y no tiene muy buen estómago para la crítica ajena. Y como resulta que éste es el caso, optaré por una solución facilona. Refundaré esta bitácora, convirtiéndola exactamente en eso, en un diario de a bordo, en reflexiones que serán en la mayoría de ocasiones poco menos que brindis al sol, el equivalente a predicar en el desierto, pero que me valdrán como terapia, al menos. Para calmar mi galopante vanidad. Nada original, por supuesto.

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