Vicio propio, Thomas Pynchon

Sé lo que me voy a encontrar, a grandes rasgos, cuando me dispongo a leer un libro de Thomas Pynchon. La exageración y la minuciosidad en la descripción llevadas hasta la obsesión. Pynchon es tan preciso y cuidadoso con cada minúsculo detalle como esquivo y huraño cuando se trata de publicitar sus asuntos personales, desconocidos hasta la fecha por el gran público, salvo anécdotas varias y leyendas urbanas de dudosa credibilidad que circulan incontroladas por la red de redes. Todo esto le convierte, en mi opinión, en alguien fascinante. Pareciera que, al tiempo que protege y oculta su identidad, en la medida de lo posible en los tiempos que corren, se esmerase en desgranar hasta el límite la de sus personajes y sus historias, frenéticas y disparatadas, creíbles precisamente por lo aparentemente inverosímiles que pueden resultar en ocasiones.

Y eso que se puede decir que, en comparación con el resto de su obra hasta la fecha, Pynchon resulta bastante comedido en su última novela. Comedido en el sentido de convencional, de fácil y asequible para el lector medio, cualidades éstas no muy habituales en él. Digamos que en esta ocasión tiene una deliberada piedad por los que estamos al otro lado, característica ésta que brilla por su ausencia en anteriores obras del autor americano tales como “El arcoiris de gravedad”, “V” o “La subasta del lote 49“, auténticos rompecabezas que muchas veces nos acaban abrumando y dejándonos con sentimientos encontrados, a medio camino entre el reconocimiento a su gran capacidad como tejedor de historias rocambolescas y el de la incapacidad propia para seguir sus devaneos literarios. En resumen, sensaciones no muy distintas de las que se tienen leyendo a Joyce, por ejemplo, salvando las distancias, estilísticas sobre todo.

Vicio propio nos sitúa en un espeso microcosmos en el que no desentonarían personajes del estilo descuidado y casi entrañable de El Nota de El Gran Lebowsky. El entorno donde se desarrolla se puede casi palpar de tan real que lo presenta; esta novela suda, huele, late. Es divertido y frenético el vaivén de una miríada de personajes entrelazados en tramas de lo más variopintas, muy especialmente representados por  un detective hippy que se convierte de inmediato en el clásico antihéroe. El desorden y la superficialidad al estilo californiano están  presentes en cada escena, casi como un personaje más. La trama mezcla elementos clásicos de la novela negra con la explotación de tópicos sobre surfistas y músicos anclados en el bucle de los 70. El tratamiento de los personajes es, como decía anteriormente, peculiar: aparecen y desaparecen al antojo del autor sin demasiados artificios ni explicaciones. Son espontáneos y autónomos, parece que tuviesen voluntad propia para elegir en qué momentos y lugares del texto quieren tener protagonismo o pasar al olvido. Todo esto sazonado con referencias a protagonistas de la época como Charles Manson, a quien se atribuyen las culpas del miedo latente en las calles, o Richard Nixon, recurrente como pocos en cualquier relato setentero que se precie.

En Doc Sportello hallamos un clásico instantáneo, uno de esos personajes a los que es sencillo adjudicar de inmediato la cara de algún actor de Hollywood. Fumeta, descuidado, irónico, valiente porque no tiene arraigo ni nada que perder, preocupado sólo de encontrar a los mejores dealers, disfraza su auténtica búsqueda con otras, camuflando su único interés con una supuesta y relajada tarea detectivesca. Sólo reacciona a estímulos primarios: posibilidad de encontrar buena marihuana y sexo fácil. Lo demás no le interesa demasiado, pese a que detectamos una pátina de bonhomía, de compromiso oculto con el bien, que nos hace identificarnos y empatizar con él a lo largo de sus desventuras. La desaparición de su novia Shasta con el magnate Mickey Wolfmann, y la desesperada y poco clara petición de ayuda de la misma, es el desencadenante de una serie de sucesos que van complicando la historia poco a poco. Todo el mundo está relacionado, los grados de separación son mínimos, pareciese que la acción se desarrolla en una aldea, pero esto es, a fin de cuentas, no muy distinto de cómo funcionan las cosas en la realidad. El argumento, las intrigas sobre desapariciones, las brillantes descripciones de los los lapsos de memoria fruto de el consumo indiscriminado de todo tipo de sustancias por parte del protagonista y las aristas de los múltiples personajes son solo detalles necesarios para el verdadero fin: una nueva demostración de control del medio por parte de Pynchon. En esto casi se mimetizan autor y protagonista.

La novela es indiscutiblemente carne de celuloide, en muchos pasajes las palabras casi forman hologramas tangibles, tal es a veces la sensación de realidad. Y es ahí donde reside el principal mérito descriptivo de Pynchon, donde está la prueba incontestable de su maestría en el género. (Para La tormenta en un vaso )

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