No ha sido divertido

Puedes tener a la gente agolpada expectante en una sala en pleno centro de Madrid, en vilo, casi salivando por degustar tu nuevo trabajo. Puedes tener la actitud, la imagen. Puedes tener los temas, puedes tener un álbum estupendo (Tara Motor Hembra) dispuesto para ser presentado a lo grande. Puedes tener la Sala Caracol llena de incondicionales dispuestos a compartir una experiencia única. Y aún así, a la hora de la verdad, puede irse todo al garete. Y al final sales del escenario corriendo, sin decir ni adiós ni dar unas míseras gracias al sufrido público. Sales corriendo porque eres consciente de que la noche soñada se ha tornado en pesadilla inexplicablemente.
Nudozurdo no mandó el pasado viernes 25 a sus canciones a luchar contra los elementos y, claro, naufragaron.
Porque no ha sido divertido asistir a este concierto. No ha sido divertido por varias razones. Las ansiadas atmósferas nudozurdianas quedaron ensombrecidas por una amalgama de ruido descontrolado, así, sin previo aviso y sin que nadie pareciese querer poner remedio. Como si fuesen víctimas de un sabotaje, surgieron de la nada descompensaciones brutales en los volúmenes de las guitarras y el bajo, que oscilaban de lo imperceptible a ser de pronto  lo único audible y reconocible, la voz del cantante sufría ahogada entre el caos e incluso los temas estrella de Sintética  (“El hijo de Dios”, “Negativo”, “Mil Espejos”) sonaron aceleradísimos, urgentes, quizás llevados a una velocidad contraproducente, contra su propio estilo,  perdiendo parte de su magia por las prisas de una banda deseosa de acabar cuanto antes con lo que se estaba convirtiendo en una tortura para nuestros tímpanos, una banda ávida de lamerse las heridas en el camerino.
Aún así, hubo momentos muy buenos, como el original comienzo con “El diablo fue bueno conmigo” o lo que se pudo intuir en temas como “Dosis modernas”, “Conocí el amor” o “Prueba/error”: que son futuros clásicos, y que, quizá otro día y en otro lugar, nos harán disfrutar a lo grande. Se nota en esta nueva hornada de temas una evolución hacia un oscuro más intenso, si cabe, un imaginario aún más perverso y depravado, con mucha víscera y mucho sexo a flor de piel.  Ciertas influencias de los Lagartija Nick de su amigo Antonio Arias, tanto en las guitarras como en los textos (“Conocí el amor” es un caso evidente). Su microcosmos está ya casi perfectamente definido. Sus texturas sonoras también. Las incorporaciones del cello y los sintetizadores, y la presencia de un nuevo batería más dinámico que el anterior, añaden variedad. Lástima que no acompañaron el resto de circunstancias cuando más las necesitaban.
 Sin duda todos estos problemas fueron ajenos a la banda (no es la primera vez que algo así ocurre en la Sala Caracol), pero eso no disminuye la sensación negativa que tuvimos al abandonar el concierto. Es especialmente frustrante recordar el concierto del pasado viernes tras haber escuchado su nuevo disco “Tara Motor Hembra” y darnos cuenta del grandísimo potencial que tiene. De lo que pudo hacer sido y no fue. Otra vez, sin duda, será.
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